Seré escritora, se dijo la alondra, la frase se expandió en su mente reverberando en todos los rincones de su mística interior. Y lo fue, sus escritos llenaron el espacio de vida que le fue adjudicado.
Luego vinieron las golondrinas en bandadas.
-El estilo, gorjeó una, no llena las expectativas.
-No, no, trinó otra, no es el estilo, es el uso de los subjuntivos.
-Al contrario, pió una tercera, se trata de la conformación de pleonasmos lo que desconcierta al lector.
Ante esta algarabía guardó silencio, miró complacida la intensa marea de creatividad que surgía de las profundidades de su ser.
Se preguntó ¿por qué y para qué escribo?
La respuesta surgió desde la profundidad de su alma, inexorable, llena de luz, como es siempre la verdad…
Salió de la cueva y observó que el huerto estaba desatendido, su mujer tenía ocupada la jornada con el cuidado del pequeño y él debía cazar para comer, se le echaría a perder la verdura… ¿Qué hacer?
Mirando a su alrededor vio a uno de los vecinos que vivían bajo los grandes helechos tratar afanosamente de obtener unas hojas mustias de las lechugas silvestres. ¡Pobre hombre! no tenía albergue ni siquiera un bocado decente para llevar la boca. ¿Pero y si…? Se acercó y le ofreció una col si atendía el huerto, el hombre aceptó…
La vi por primera vez en marzo de 1960 al salir de la Catedral envuelta en su pequeña y aburrida bufanda color gris.
Quedé poco menos que sobrecogido ante la inocente belleza que no sólo tenía que ver con su físico sino que emanaba desde la propia aura de mujer.
Traté de acercarme pero desapareció entre la multitud con cortos y presurosos pasos.
La segunda vez sólo fue un breve atisbo de su gentil figurita al pasar del transporte público.
La tercera me encontró desprevenido al abrir la puerta del taxi que yo estaba por abordar y ella abandonaba, la sorpresa fue paralizante y cuando me recobré ya se había perdido nuevamente entre la multitud.
Los años pasaron, perversos, despiadados y la cuarta vez que la vi fue en el hogar de ancianos que compartimos en la ciudad de Burzaco.
–¡Es azul! –dijo el poeta.
–¡No –respondió el rocío–, yo vengo de allá y no lo es.
–¿Entonces, qué es lo que veo? –El poeta se negaba a aceptarlo.
–Tu esperanza.
–¡Mi esperanza es verde, niño! –La lógica era evidente para el poeta.
–¿Verde? –el rocío sonrió con dulzura–. Los colores –dijo en un susurro antes de evaporarse–, ¡son tu ilusión!
El silencio del Paraíso preconiza su vacuidad. La espada de fuego en la entrada impide el retorno de sus antiguos moradores. Un siglo y otro siglo deberán pasar durante siete eones y un eón antes de que el sueño termine y la humanidad unida a su verdadera esencia abandone el exilio de la realidad.
...Y para entonces los labios de Adán pronunciarán “Eva” sin que en su alma resuene el eco de «Lilith».
Los años se fueron y un día, para mi confusión otra vez, se me informó que ya no pertenecía al ruedo de los que calientan sus huesos alrededor de la fogata de la vida. Até mi bagayito con las pocas pertenencias que me quedaban: algunos recuerdos borrosos de manos cálidas que ya no sabía a quien pertenecían. Y con una sensación de liviandad comencé la travesía hacia allá.
Luego de un atemporal viaje me encontré en una planicie casi viva al compás del viento que movía los tallos de los dientes de león. Los colores danzaban entre el cielo y la tierra dejando estelas de matices que provocaban aromas en los ojos y la inmensidad cabía en el hueco de mi mano como si el infinito se arrellanara entre mis dedos para confortar esa cotidiana soledad que me arropó en vida.
Rápidamente me quité el calzado y comencé a caminar por el suave césped que alfombraba el suelo. El contacto de la gramilla y la tierra con mis pies me revelaron un secreto nuevo: había llegado al hogar… no, al Hogar.
Comencé a correr y a saltar por sobre las matas, ahora mi cuerpo me seguía alegremente. En un momento sentí la urgencia de tenderme sobre la grama tan largo como era y debía serlo mucho porque no alcanzaba a ver mis pies. Miré el cielo, las nubes eran tan bellas que quería cantar y contar todo lo que sentía para que mis hermanos me acompañaran en esta extravagante experiencia.
Entonces lo supe, tendría que cantarlo, tendría que escribirlo. Y vino a mi mente una frase leída hace muchos años, no recuerdo donde: «si no os hacéis como niños...»
Ése había sido, ése es, mi don, el hacerme como un niño, toda mi vida fue así, plena y llena de gracia. Lo entendía ahora y quería transformar ése, mi don, también en mi legado.
Tomé una delgada espiga de diente de león y mojando su punta en algunas gotas de rocío que se balanceaban sobre las hojas comencé a delinear mi tragicómica historia y su secreto para que, si hay quienes se preguntan aún que cosa les tocó vivir, puedan encontrar, al menos, una brújula que les indique que siempre hay una razón.
Y otra vez mi ingenuidad y mi ignorancia me hacen creer que tengo madera de escritor y que estas palabras van a llegar al corazón de mis hermanos lectores...
En un momento de confusión fui informado que había nacido.
El hecho ocurrió, hace años, en una pequeña isla del Mediterráneo de nombre impronunciable: Ghawdex y aunque me aseguran que estuve presente en el evento, debo confesar que no lo recuerdo. Se me bautizó y dicen que en ese momento el agua se evaporó de la pila bautismal pero presiento que es una exageración.
Desgajé la niñez pétalo a pétalo, resolviendo la realidad como a un rompecabezas tridimensional desplegado sobre las eternas colinas de la aldea natal.
La pubertad y adolescencia me asaltaron sin aviso, haciendo presa de mi inexperiencia y juventud. Reparé mi rasgado tejido interior repartiéndome entre los angustiosos momento de voz blanca y barítono desafinado con la gracia de un diplodocus y un tábano tratando de realizar el pas de deux de los cisnes negros.
Finalmente el tiempo determinó que ya era adulto pero mis entrañas no lo sabían, es que la adultez es un estado de ánimo no una cronología. Mi rostro me salvó… Parecía adulto.
Durante algún tiempo traté de salvar al mundo pero luego me enteré que había llegado tarde, bastante tarde.
Enancado en el tiempo me dejé llevar; las voces desgarrantes del Mistral y el gélido aliento del Cierzo acompañaron mis recuerdos al abandonar el acogedor mundo del Mare Nostrum y el universo se abrió ante mis azorados ojos de chiquilín con apariencia de adulto.
Esa misma inocencia e ignorancia fueron mi salvación, nadie podía creer que fuera tan perfectamente imbécil (la perfección no existe, salvo en casos especiales como el mío) y ello los llevó a urdir historias de conspiraciones a las que me sumaban, a veces como aditamento necesario y otras como eminencia gris, suponiendo aviesas y ocultas intenciones en la prosecución de inconfesables fines. El temor que esto les provocaba los obligaba a presentarme un respeto que no sentían pero también me guardó de males mayores.
Así volé por sobre las miserias humanas, mías y ajenas, llenando mi vida con arias y lecturas que a la manera de ángeles guardianes arroparon mi alma y le permitieron ser feliz aun en medio de las más crueles vicisitudes.
De pronto me encontré con que el tiempo decía que ya era un anciano y para mi desazón mi cuerpo también, cada vez que le proponía: «corramos hasta aquellas matas y saltemos sobre ellas», mi cuerpo respondía: «quién, ¿¡yo!?» Y así, el chiquilín interno se encontró solo: los ancianos no lo comprendían, pensaban que estaba loco y los jóvenes no lo entendían, pensaban que era un orate.
Nuevamente la ingenuidad y la ignorancia vinieron en mi ayuda, al mirar a mi alrededor encontré mi experiencia en lenguas, ganada en años de viajes alrededor de este desvencijado planeta y se me ocurrió que podría trasvasar culturas y acervos de idioma a idioma. Con la desaprensión y libertad de la juventud me lancé al ruedo y la suerte que como mujer que es le agrada la ingenuidad y los bebés me recompensó haciéndome sentir culminada mi intención, que en realidad es todo lo que hace falta para sentirse exitoso.
¿Nací? ¡Sí!
Escolaridad básica sin sobresaltos.
Licenciatura e ingeniería en Electrónica.
Posgrado en Lingüística.
Viajé a lo largo y a lo ancho de éste, nuestro malhadado y exquisito planeta.
Encuentro solaz en la traducción, edición y revisión de textos tan sólo
para mantener el Martini revuelto, no batido.