Estupor
Adán se preguntó mirando asombrado su cintura: ¡¿Dónde está mi ombligo?!
Diario despersonalizado, filosofía profunda y a nivel del mar, de_mente polivalente, escritura divagada, difusa y rácana.
Adán se preguntó mirando asombrado su cintura: ¡¿Dónde está mi ombligo?!
Desde la sombra la Sibila habló:
–Observad a vuestro alrededor, sólo sois embarcaciones que surcan el brumoso mar de la realidad, algunos adornados con luces de colores, banderas y oriflamas, otros con tan sólo las luces de posición y otros más, aun sin ellas.
–A veces os acercáis tanto que pensáis poder comunicaros. Enviáis señales desde vuestra cubierta. Pobres, tristes, frenéticas señales enviadas desde vuestra soledad. Os contestan. ¡Al fin, os habéis comunicado! Pero… ¿lo hicisteis? Cerca, estuvisteis cerca; sin embargo, jamás podréis abordar ese otro barco, nunca sabréis quien reside en ese puente.
–¿Por qué estáis enajenados de este modo?
–¿Cuál es la razón de esa severa exclusión?
–¿Cómo podréis sentir los sentimientos de otra gente, compartir sus creencias, saber lo que “rojo” significa, realmente significa, en sus mentes?
–Y ¿por qué no podéis hacerlo?
–¿Os habéis preguntado esto alguna vez?
–¡Por supuesto, que no!
–Os conformáis con el premio consuelo de la amistad, la comprensión, el compañerismo y los pobres remedos de eso que llamáis amor: abrazos, besos y el estar cerca pero ¡nunca lo suficientemente cerca!
–¡Lamentaos humanos… sufrís y no os interesa el porqué!
–Gachas, –dijo el mesero.
–¿Gachas?, –pregunté yo.
–¡Sí!, –afirmó con tono definitivo y mortal.
Me fui.
Cuando termine de agregar datos presione la tecla Juicio Final.
Ricardo es un fanático del ajedrez, su tiempo se divide entre el que dedica a pensarlo, el que dedica a prepararlo y el que dedica a jugarlo.
Sabe que su afición es rica en conocimientos y pretende obtenerlos todos a corto plazo.
Hoy se encuentra enfrentado, como de costumbre, a un tablero devastado y arrinconando al rey oponente con su alfil y un peón.
La sombra de tablas oscurece su discernimiento, observando las pocas opciones que le brinda su bando murmura desalentado: «Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo».

El lirio abrió delicadamente los pétalos dejando que la humedad de la aurora se depositara en su corola.
La pureza de la flor y el destello de la temprana luz sobre las gotas de rocío atrajeron a una mancha de color disfrazada de mariposa que se posó suavemente sobre la limpia superficie y abanicó por unos segundos con sus alas como tratando de tranquilizar la florescencia.
Con suavidad desenvolvió su lengua acariciando tímidamente la intimidad del cáliz y produciendo un trémulo movimiento del pistilo ávido de polen.
Mientras libaba el néctar los estambres se estremecieron volcando una fértil nube sobre el carpelo dando paso a la nueva generación.
Luego en silencio cobró vuelo satisfecha mientras la corola quedaba asintiendo suavemente una agradecida simbiosis.
El solo recuerdo del delicado intercambio de besos de una mariposa me estremece profundamente.
–El infierno no existe. –dijo el agnóstico.
–Entonces, ¿para qué existe el dolor? –replicó el filósofo.
La belleza está en el ojo del observador. ¿Podríamos imaginar el ojo de Zeus al contemplar a Alcmena?
Dedicatoria:
Pequeño tributo para todas mis amigas del Club Literario que con su presencia y aroma femenil han llenado de significado mis horas. Gracias.
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Como parte del mismo silencio inicial y sin solución de continuidad los suaves acordes musicales que provienen del pozo de la orquesta comienzan a llenar los espacios del silencio y la expectativa trae aparejada un ansia imposible de colmar.
Beniamino susurra las primeras palabras de “E lucevan le stelle”: el tenue caminar de Floria sobre la arena, el crudo rechinar del portillo del huerto, la insoportable espera del encuentro y el febril movimiento de las manos de Mario retirando los velos que ocultan la gentil figura, todo, todo vaticina la presencia del AMOR…
Ese perfume, ese hálito intangible que convierte la sangre en ríos de lava ardiente y enciende los rescoldos ígneos del corazón fundiendo dos pasiones en una cumbre extática y arrastrando tras ella a la audiencia en una vicaria mística de placer, delectación y pertenencia. Allí estamos inermes ante la apoteosis de este sentimiento que nos aniquila y nos da vida, dejándonos exhaustos, consumidos por una experiencia que anhelamos repetir.
–¿Funciona? –preguntó Dos.
–No lo sé –respondió Uno.
Dos extendió la mano y tocó un cable rojo.
–Quizá –dijo–, es el detona...
¡BOOOOM!
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