Micro_bío (El don) (Primera parte)
montzo @ 16:24
Todo comenzó al principio.
En un momento de confusión fui informado que había nacido.
El hecho ocurrió, hace años, en una pequeña isla del Mediterráneo de nombre impronunciable: Ghawdex y aunque me aseguran que estuve presente en el evento, debo confesar que no lo recuerdo. Se me bautizó y dicen que en ese momento el agua se evaporó de la pila bautismal pero presiento que es una exageración.
Desgajé la niñez pétalo a pétalo, resolviendo la realidad como a un rompecabezas tridimensional desplegado sobre las eternas colinas de la aldea natal.
La pubertad y adolescencia me asaltaron sin aviso, haciendo presa de mi inexperiencia y juventud. Reparé mi rasgado tejido interior repartiéndome entre los angustiosos momento de voz blanca y barítono desafinado con la gracia de un diplodocus y un tábano tratando de realizar el pas de deux de los cisnes negros.
Finalmente el tiempo determinó que ya era adulto pero mis entrañas no lo sabían, es que la adultez es un estado de ánimo no una cronología. Mi rostro me salvó… Parecía adulto.
Durante algún tiempo traté de salvar al mundo pero luego me enteré que había llegado tarde, bastante tarde.
Enancado en el tiempo me dejé llevar; las voces desgarrantes del Mistral y el gélido aliento del Cierzo acompañaron mis recuerdos al abandonar el acogedor mundo del Mare Nostrum y el universo se abrió ante mis azorados ojos de chiquilín con apariencia de adulto.
Esa misma inocencia e ignorancia fueron mi salvación, nadie podía creer que fuera tan perfectamente imbécil (la perfección no existe, salvo en casos especiales como el mío) y ello los llevó a urdir historias de conspiraciones a las que me sumaban, a veces como aditamento necesario y otras como eminencia gris, suponiendo aviesas y ocultas intenciones en la prosecución de inconfesables fines. El temor que esto les provocaba los obligaba a presentarme un respeto que no sentían pero también me guardó de males mayores.
Así volé por sobre las miserias humanas, mías y ajenas, llenando mi vida con arias y lecturas que a la manera de ángeles guardianes arroparon mi alma y le permitieron ser feliz aun en medio de las más crueles vicisitudes.
De pronto me encontré con que el tiempo decía que ya era un anciano y para mi desazón mi cuerpo también, cada vez que le proponía: «corramos hasta aquellas matas y saltemos sobre ellas», mi cuerpo respondía: «quién, ¿¡yo!?» Y así, el chiquilín interno se encontró solo: los ancianos no lo comprendían, pensaban que estaba loco y los jóvenes no lo entendían, pensaban que era un orate.
Nuevamente la ingenuidad y la ignorancia vinieron en mi ayuda, al mirar a mi alrededor encontré mi experiencia en lenguas, ganada en años de viajes alrededor de este desvencijado planeta y se me ocurrió que podría trasvasar culturas y acervos de idioma a idioma. Con la desaprensión y libertad de la juventud me lancé al ruedo y la suerte que como mujer que es le agrada la ingenuidad y los bebés me recompensó haciéndome sentir culminada mi intención, que en realidad es todo lo que hace falta para sentirse exitoso.
(continuará)

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